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Uncategorized Susan on 01 Oct 2007 09:26 am

Vivir un sueño

Al entrar por la puerta de la oficina, dirigiéndome hacia otro día más de intenso trabajo, deseé, que por fin llegaran las vacaciones para poder encontrarme en un descanso sin tregua de lo que significaba estar muchas horas del día entre papeles y yendo de una oficina a otra para constatar datos, pedir informaciones y elaborar informes que ya me tenían cansado y aburrido por completo. Quería poder estar en algún lugar donde no tuviera que acercarme a ninguna oficina para que de esa manera pudiera satisfacer mis anhelos de libertad que tanto tiempo habían sido reprimidos por la labor diaria, y sobre todo la rutina. Quería justamente poder encontrar la tan ansiada libertad de esa rutina tan cansadora y monótona que ya iba acabando con mi paciencia, conduciéndome a querer abandonar la oficina, y no volver a ese inmueble tan frío nunca más en lo que me quedaba de vida.

 

Había pensado en renunciar, pero simplemente no sería dable, pues necesitaba un trabajo para que me sirva de sustento para la vida, pero sobre todo porque no iba a huir y dejar todo así, ya que no era un comportamiento adulto, sino más bien infantil o, desde otro punto de vista, cobarde. Tenía que afrontar mis responsabilidades a la vez que obtuviera algo de relajación. Sin embargo una salida perfecta era esperar las vacaciones y  entonces aprovechar al máximo el escapar de la ciudad y el trabajo por un periodo merecido y bien ganado. Tenía en mente alquilar o comprar un chalet. Ya hace unos años, mis padres habían sembrado en mí la idea de comprar un chalet. Esa idea me agradó bastante, pero luego la deseché por cuestiones de tiempo y de dinero, pues en ese entonces no contaba con un trabajo estable como hoy, y mis ingresos no eran tantos además de que prefería un apartamento para irme a vivir, y tener más libertad de movimiento.

 

Pero hoy, esa oportunidad se presentaba como algo bastante factible. De hecho, ya casi estaba decidido que lo haría. En el cajón superior de mi escritorio había varios folletos y papeles que había conseguido de venta de inmuebles, y los chalets se encontraban a precios asequibles para mí.  Lo consultaría con el resto de mi familia, pues una decisión así, que nos iba a afectar a todos -o para bien, o para mal- tendría que ser consultada, y no tomada a prisa, ni por uno sólo que desee realizarla. Si bien, estaba casi seguro que los niños no se iban a oponer en lo absoluto, es más les iba a encantar, mi esposa no parecía en mi cabeza con un sí tan claro de esa propuesta.

 

De todas maneras llegué a casa, y lo comuniqué. Todos movieron la cabeza afirmativamente, incluida mi esposa. Ya sabía yo que esa era una buena señal. Ahora tan sólo tendría que volver a hablar con el agente inmobiliario que había contactado y cerraríamos el trato lo más pronto posible. Todo se encaminaba para vivir unas verdaderas vacaciones de ensueño mientras me iba olvidando del tedio del trabajo.

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