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Uncategorized fairman on 30 Aug 2007 03:27 pm

LA SECRETARIA DEL GENERAL

Cuando uno es joven casi no hay preocupaciones. La seguridad que nos brinda nuestro inmobiliario y su entorno son únicas. Ahí hemos crecido jugando en la sala de la casa, rompiendo más de un adorno con su respectiva reprimenda, hemos desecho el jardín y los arreglos florales del inmueble cuando de niños correteábamos despreocupadamente por ahí. Nuestros días transcurrían felices en las vacaciones, luego la escuela no estaba del todo mal y siempre nos quedaban los fines de semana para jugar en casa. Cuando vamos creciendo y dejando atrás la niñez empezamos a dar nuestras primeras salidas, primero lo típico es ir a dar alguitas vueltas al centro comercial, quizá entrar al cine y ver las películas de estreno o simplemente ir a comer algo por sus instalaciones, pero la constante es la misma, debemos esperar a que nuestros padres nos recojan, con suerte y la ida la hagamos solos, pero el regreso de ninguna manera. Ya es de noche y hacemos la llamada para que nos lleven a casa de vuelta. La vergüenza ha nacido y cada vez encajamos peor estas acompañaditas. Y el tiempo sigue adelante, ya no somos solo un grupo de chicos, ahora empezamos a querer salir con chicas y muy probablemente solos en pareja, ya no podemos permitir que nuestros padres nos recojan pero ellos tienen un as bajo la manga. De acuerdo, nos dicen, entonces que te recoja tu hermano, no está tan mal la idea pero a veces tu hermano no encaja de la mejor manera el tener que estar pendiente de ti, ahora es él quien debe rendir cuentas. Y así uno va entrando en la adolescencia. A estas alturas ya no es posible que nadie te recoja, debemos actuar por nuestra cuenta y durante poco más de un año nos sentimos dueños del mundo, nuestros padres han cedido posiciones y nos adjudicamos el control. Tenemos una cierta hora de llegada, eso sí, pero hasta cierto punto nos gobernamos solos, los miedos y las inseguridades se terminaron y ahora todo es claro, un nuevo ser ha surgido de entre los escombros de la sobre protección. Pero esa imagen se verá opacada por un fantasma que se acerca a pasos agigantados.

 

            Han pasado ya varios meses de nuestro reinado y las primeras noticias llegan hasta nuestros oídos, existe algo que se llama el servicio militar obligatorio. Hay un buen margen de probabilidad de salir sorteados, en cuyo caso, debemos pasar un buen tiempo acuartelados, todos debemos pasar por este compás de espera. Las noches ya no son las mismas, no se concilia el sueño con facilidad, los amigos de mi hermano se encargan de ahondar mi pesadilla contándome toda clase de historias de la vida castrense. Escuchaba cosas como que podía morir en una de las prácticas de tiro o que quizá una dinamita me estalle entre las manos o que uno de los ejercicios más comunes consistía en atravesar un campo minado con los ojos vendados. Capítulo aparte eran los llamados “bautizos” cuando uno recién hace su ingreso a la escuela militar. Las promociones mayores abusan de uno y lo obligan a lavar sus prendas y lustrarles el calzado, en fin una serie de humillaciones y vejámenes. El día llegó y mis miedos se cristalizaron. Fui hasta la base militar que me correspondía y las rodillas me flaqueaban, pregunté por dónde tenía que revisar si había salido sorteado, me indicaron que debía cruzar un largo pasadizo y encontraría un panel con los nombres en cuestión. Así lo hice y en el camino por una de las ventanas vi a uno de los reclutas que estaba haciendo lagartijas sobre sus nudillos. Pensé que los ejercicios eran así y no tenía nadad de malo pero no paraba, conté más de 35 lagartijas y seguía, a su costado otro hombre, mas viejo, lo increpaba, el soldado se fue apagando poco a poco y cayo rendido con la cara de costado sobre el pavimento mientras su superior le ponía la bota derecha sobre la otra mejilla y le daba un par de macaneos en la espalda. Ahí quedé sembrado, con la boca y los ojos muy abiertos ¿Qué demonios era todo eso, ese lugar? Cuando me pude reponer avancé hasta la temida lista, era un panel grande con muchas hojas pegadas dentro de él, el orden alfabético me hizo saltar hasta la letra M correspondiente a mi apellido Macedo, Martínez, Méndez, Meléndez, Mista, ¡Morante! Dios santo, mi apellido estaba allí. Un momento, había tres Morantes. Me di media vuelta, no quise corroborar, eran tres opciones con una bomba dentro de una de ellas.

 

            Una señorita, uniformada, pasaba por ahí y la reclamé, le dije que por favor me leyera los nombres correspondientes al apellido Morante de la lista. No se qué cara tendría que la señorita depositó su mano derecha sobre mi hombro izquierdo y me dijo que me tranquilizara, luego se acercó al funesto panel y procedió a alzar la guillotina. Morante Caviedes José Manuel, Morante López Antonio, Morante Rodríguez Víctor. Maldita sea, ahí estaba mi nombre, era el segundo de la lista. Estaba perdido. Ahí mismo me vine abajo. ¿Qué iba a hacer? Y sentí que la presión descendió, me puse pálido y empecé a sudar frío. La señorita me dijo que la acompañara, me hizo pasar a una oficina y me pidió que me sentara, se alejó y a los pocos segundos regresó con un vaso de agua, arrimo una silla y se sentó a mi costado. Me explicó que la vida militar no es anda del otro mundo y que no tenga miedo, yo le dije que eso no era para mí y no lo iba a hacer bien. Sonrió y me dijo que no me preocupara y me dio una tarjeta con su nombre, indicándome que le dijera a mis padres que se comunicaran con ella a la brevedad posible. Ya de camino a casa pensé en no regresar más, romper la tarjeta y fugar de casa, me podría ir a un pueblo lejano y perderme en algún caserío, tenía algunos ahorros y una que otra habilidad a cuestas. Me faltó valor y terminé haciendo lo que me indicaron. Supuse que mis padres coordinarían con la señorita del cuartel mi ingreso al mismo. Al día siguiente, luego de una noche de insomnio, mi padre me dijo que todo estaba arreglado, que primicia pensé. No iría al ejército, había tenido la suerte de caerle bien a la secretaria del general del cuartel. El destino me había echado una mano.

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